Editorial / Seguridad Informática

Tecnología que nos rodea

Internet ya no conecta solamente personas. Ahora también conecta cosas (Internet de las Cosas, IoT)

Durante años utilizamos Internet para comunicarnos, buscar información y compartir contenidos. Sin embargo, silenciosamente, comenzó una transformación mucho más profunda: los objetos que nos rodean también empezaron a conectarse. Electrodomésticos, vehículos, cámaras, sensores y máquinas industriales forman parte de una enorme red conocida como Internet de las Cosas (IoT). Una tecnología que promete comodidad y eficiencia, pero que también plantea nuevos desafíos para nuestra privacidad y seguridad.

Desde una heladera hasta un automóvil, millones de dispositivos intercambian información sin intervención humana. La Internet de las Cosas está transformando nuestra vida cotidiana, aunque muchas veces ni siquiera lo advertimos.
Desde una heladera hasta un automóvil, millones de dispositivos intercambian información sin intervención humana. La Internet de las Cosas está transformando nuestra vida cotidiana, aunque muchas veces ni siquiera lo advertimos.
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Hoy una heladera puede avisarnos que quedó una puerta abierta. Un reloj puede registrar nuestro ritmo cardíaco. Un automóvil puede informar su ubicación y detectar problemas mecánicos. Un sistema de riego puede decidir cuándo activar el agua según la humedad del suelo. Y todo esto puede ocurrir sin que una persona intervenga.

Bienvenidos a la Internet de las Cosas, más conocida por sus siglas en inglés: IoT (Internet of Things).

Cuando las cosas empezaron a hablar

Imaginemos una situación bastante sencilla: son las siete de la tarde. Estamos regresando a casa después de trabajar. Nuestro teléfono detecta que nos estamos acercando y envía una señal. Se encienden algunas luces, el aire acondicionado comienza a climatizar el ambiente y el sistema de seguridad reconoce nuestra llegada.

No tuvimos que tocar ningún interruptor.

Detrás de esa aparente comodidad existe un conjunto de dispositivos, sensores, conexiones y programas que intercambian información y ejecutan determinadas acciones. Eso es, esencialmente, IoT.

No se trata simplemente de conectar un electrodoméstico a Internet. Se trata de permitir que un objeto pueda recopilar información, comunicarla y actuar en función de ella.

Cómo se conectan las cosas
Cómo se conectan las cosas

Mucho más que una casa inteligente

Aunque los ejemplos domésticos suelen ser los más conocidos, el verdadero alcance de IoT es muchísimo mayor.

  • En el campo, sensores instalados en el suelo permiten conocer los niveles de humedad y optimizar el riego.
  • En la industria, las máquinas pueden informar su temperatura, sus vibraciones y sus condiciones de funcionamiento para anticipar posibles fallas.
  • En el transporte, los vehículos conectados permiten conocer recorridos, consumo de combustible y necesidades de mantenimiento.
  • En medicina, determinados dispositivos pueden registrar indicadores de salud y transmitirlos a sistemas de seguimiento profesional.
  • Incluso nuestras ciudades comienzan a incorporar estas tecnologías: alumbrado público inteligente, estacionamientos que detectan espacios disponibles, sistemas de monitoreo ambiental y mecanismos de gestión del tránsito.

Lo interesante es que muchos de estos dispositivos no necesitan una pantalla, un teclado ni una persona operándolos permanentemente. Simplemente trabajan, registran información y se comunican.

El verdadero protagonista es el dato

Acá aparece una cuestión que consideramos fundamental. El valor de IoT no está solamente en conectar objetos. Está en la información que esos objetos pueden generar.

Un sensor de temperatura, por ejemplo, puede parecer algo insignificante. Pero si registra información cada minuto durante meses, permite construir un histórico del comportamiento de un ambiente. Y si esa información se combina con otros datos, podemos detectar patrones, identificar anomalías y tomar mejores decisiones.

Una máquina industrial podría advertir que sus condiciones de funcionamiento están cambiando antes de que ocurra una avería. Un sistema de almacenamiento de medicamentos podría alertar que la temperatura se encuentra fuera de los límites permitidos. Un establecimiento agropecuario podría utilizar información ambiental para administrar mejor sus recursos.

El objeto conectado obtiene el dato. El software lo transforma en información útil.

Y es precisamente en ese punto donde el desarrollo de sistemas informáticos adquiere un protagonismo enorme.

¿Y qué pasa con nuestra privacidad?

Hasta acá, todo parece maravilloso. Pero existe otra cara de esta transformación.

Cada dispositivo conectado representa también un nuevo punto que debemos proteger. Una cámara de seguridad, una cerradura inteligente o incluso un electrodoméstico pueden convertirse en objetivos de ataques informáticos si no cuentan con mecanismos adecuados de protección.

Además, estos dispositivos pueden recopilar información sobre nuestras rutinas, nuestros horarios, nuestros hábitos y hasta nuestra ubicación.

Pensemos por un momento en algo tan simple como una lámpara inteligente

Si registra los horarios en que se enciende y se apaga, podría permitir inferir cuándo estamos en casa y cuándo no. Ahora imaginemos esa información combinada con la de otros dispositivos.

El problema ya no es solamente qué puede hacer un objeto conectado, sino qué información obtiene, dónde la almacena, quién puede acceder a ella y durante cuánto tiempo se conserva.

Por eso, la seguridad informática y la protección de los datos deben formar parte del diseño de cualquier solución IoT desde el primer momento.

La inteligencia artificial entra en escena

La combinación entre IoT e inteligencia artificial abre posibilidades todavía más interesantes.

Los dispositivos conectados pueden recopilar grandes cantidades de información. La inteligencia artificial puede analizar esos datos, identificar comportamientos y colaborar en la toma de decisiones.

Imaginemos una fábrica equipada con sensores que monitorean permanentemente sus máquinas.

  • Un sistema tradicional podría generar una alarma cuando una temperatura supera determinado valor.
  • Un sistema que incorpora inteligencia artificial podría detectar una combinación de pequeñas variaciones que anticipan una falla, incluso antes de que se alcance ese límite.

La diferencia es importante: pasamos de reaccionar ante un problema a intentar anticiparnos a él.

Pero conviene recordar algo: ni todos los dispositivos IoT necesitan inteligencia artificial, ni toda decisión automatizada es necesariamente inteligente.

¿Estamos preparados para vivir rodeados de objetos conectados?

Probablemente, la Internet de las Cosas continuará incorporándose a nuestra vida cotidiana sin que lo advirtamos demasiado. ¡Alexa, encendé las luces!

No necesitaremos aprender a utilizar todos esos dispositivos. Muchos funcionarán silenciosamente, formando parte de servicios que ya conocemos.

Sin embargo, cuanto mayor sea nuestra dependencia de estos sistemas, mayor será también nuestra responsabilidad al diseñarlos, implementarlos y protegerlos.

Porque una cosa es que una lámpara deje de responder y otra muy distinta es que falle un sistema de monitoreo médico, una instalación industrial o un mecanismo de seguridad.

¿Quién se ocupa de actualizar mi heladera?

Cuando descubrimos una vulnerabilidad crítica en nuestros servidores, los administradores de sistemas actuamos inmediatamente. Actualizamos versiones, revisamos configuraciones y verificamos que los servicios continúen funcionando.

Pero cuando una vulnerabilidad afecta a un electrodoméstico conectado, ¿quién hace ese trabajo?

¿El fabricante? ¿El usuario? ¿Alguien sabe siquiera qué versión de software está ejecutando ese dispositivo? ¿Acaso se puede actualizar?

Una heladera inteligente puede incorporar un pequeño sistema operativo, aplicaciones, servicios de comunicación y componentes desarrollados por terceros. Y cualquiera de ellos podría contener vulnerabilidades.

Quizás el verdadero desafío de la Internet de las Cosas no sea conseguir que millones de objetos se conecten, sino garantizar que continúen siendo seguros durante toda su vida útil.

Antes nos preocupábamos porque alguien pudiera entrar a nuestra computadora. Ahora también tendremos que preocuparnos por quién puede entrar a nuestra heladera.

¿Podrían formar parte de una botnet?

Una botnet es una red de dispositivos informáticos comprometidos que quedan bajo el control remoto de un atacante sin que sus dueños lo sepan.

Cada dispositivo infectado puede actuar como un pequeño "zombi" digital que recibe instrucciones para participar en ataques coordinados, como la denegación de servicio (DDoS), el envío masivo de spam u otras actividades maliciosas.

Muchos dispositivos IoT cuentan con microprocesadores, memoria y conectividad. Por lo tanto, esta amenaza no es una especulación: ya ocurrió.

El caso más emblemático es Mirai, un malware que apareció en 2016 y comprometió enormes cantidades de cámaras IP, routers y otros dispositivos conectados. Estas redes fueron utilizadas para lanzar ataques DDoS que afectaron importantes servicios de Internet.

ESET: https://www.welivesecurity.com/es/seguridad-iot/botnet-mirai-electrodomesticos-pueden-atacarnos

Lo verdaderamente inquietante es la invisibilidad del ataque. Una cámara comprometida puede seguir transmitiendo imágenes normalmente a su dueño mientras, en segundo plano, participa en ataques informáticos o es utilizada para espiar.

El propietario podría no notar absolutamente nada.

Imaginemos miles o millones de televisores, cámaras, routers y electrodomésticos inteligentes recibiendo órdenes simultáneas desde sistemas controlados por delincuentes.

Individualmente, cada uno tiene recursos modestos. Colectivamente, pueden representar una enorme capacidad de ataque.

¿Y si utilizan el almacenamiento de nuestros dispositivos?

Imaginemos que Doña Rosa tiene una cámara de seguridad en su casa, con una tarjeta de memoria de 128 GB para guardar las grabaciones.

Si un delincuente logra vulnerarla, podría utilizar parte de ese almacenamiento para guardar material ilegal sin que Doña Rosa se entere. La cámara podría seguir funcionando normalmente, grabando y mostrando imágenes como siempre.

Lo preocupante es que Doña Rosa podría estar almacenando material ilegal en su propia casa, sin siquiera saberlo.

Y el delincuente estaría aprovechando recursos que no le pertenecen: almacenamiento, capacidad de procesamiento y conexión a Internet.

La otra cara de esta revolución

Después de todo lo que acabamos de contar, cualquiera podría pensar que lo mejor sería desconectar todos los dispositivos de Internet y volver a los viejos interruptores.

Pero estaríamos cometiendo un enorme error.

La Internet de las Cosas tiene un potencial extraordinario, y no estamos hablando solamente de comodidad.

  • Un adulto mayor que vive solo puede contar con dispositivos capaces de detectar una caída y solicitar asistencia.
  • Un paciente puede ser monitoreado desde su casa, permitiendo que los profesionales de la salud detecten situaciones que requieren atención.
  • Un productor agropecuario puede optimizar el consumo de agua utilizando sensores que determinan cuándo y cuánto regar.
  • Una industria puede anticipar fallas en sus máquinas, evitando accidentes, interrupciones y pérdidas económicas.
  • Una ciudad puede administrar mejor su energía, su tránsito y sus recursos gracias a información obtenida en tiempo real.

Estos ejemplos muestran algo fundamental: la tecnología no es peligrosa por ser poderosa. El problema aparece cuando desarrollamos capacidades sin asumir las responsabilidades que vienen con ellas.

Y acá también hay una buena noticia. Sabemos cómo construir sistemas más seguros.

Existen mecanismos de actualización, comunicaciones cifradas, controles de acceso, aislamiento de dispositivos y herramientas para detectar comportamientos sospechosos.

No podemos garantizar que un sistema sea invulnerable, pero sí podemos exigir que la seguridad no sea una característica opcional ni algo que se agregue cuando aparece el primer problema.

La solución no es conectar menos cosas. Es aprender a conectarlas mejor.

No es necesario imaginar a Skynet

No hace falta pensar en Terminator ni en una Skynet que algún día decida exterminar a la humanidad. Los riesgos de la tecnología actual son bastante más cotidianos y, posiblemente, mucho menos espectaculares.

Durante los últimos quince años, la industria informática hizo un esfuerzo extraordinario para simplificar el uso de la tecnología.

Hace treinta años, comprar una computadora casi implicaba tener que realizar un curso para aprender a utilizarla (¿Te acordás de la ostentación de ignorancia? Noticia relacionada: news-0000039).

Hoy compramos un teléfono con una capacidad de procesamiento inmensamente superior a la de las computadoras que participaron en la llegada del hombre a la Luna, y ni siquiera necesitamos leer un manual. (¿La inteligencia artificial nos está haciendo más inteligentes o más dependientes? Noticia relacionada: la-inteligencia-artificial-nos-esta-haciendo-dependientes)

Eso es un avance extraordinario. Pero también tiene su contracara: cuanto más sencilla se volvió la tecnología, menos necesitamos comprenderla para utilizarla.

Sin embargo, no podemos pretender que cada persona se convierta en especialista en seguridad informática para poder utilizar un televisor, una cámara o un electrodoméstico.

La responsabilidad también es nuestra, de quienes trabajamos en tecnología. Debemos diseñar sistemas que sean sencillos de utilizar, pero también seguros, mantenibles y transparentes.

Y los fabricantes deben asumir que vender un dispositivo conectado implica comprometerse con su seguridad durante una vida útil razonable.

Por nuestra parte, como usuarios, quizás debamos recuperar algo que estamos perdiendo: la curiosidad por entender qué sucede detrás de una pantalla, de una aplicación o de un electrodoméstico inteligente.

La Internet de las Cosas puede ayudarnos a vivir mejor, cuidar nuestra salud, administrar nuestros recursos y resolver problemas que hace apenas unas décadas parecían imposibles.

No deberíamos renunciar a esas posibilidades por miedo a sus riesgos. Deberíamos trabajar para reducirlos.

¿Y si lo que controlamos no es una heladera?

Hasta ahora hablamos de cámaras, televisores y electrodomésticos. Pero imaginemos una represa cuyas compuertas están administradas mediante sistemas informáticos. ¿Qué sucedería si un delincuente consiguiera vulnerar esos sistemas y ordenar una apertura no autorizada?

Ya no estaríamos hablando de información robada, computadoras lentas o servicios de Internet interrumpidos. Estaríamos hablando de posibles inundaciones, daños materiales y vidas humanas en peligro.

Por supuesto, las infraestructuras críticas deben contar con mecanismos de seguridad independientes que impidan que una simple intrusión informática provoque semejante desastre. Pero el ejemplo sirve para comprender hasta dónde pueden llegar las consecuencias de conectar el mundo físico con el digital.

Cuando el software controla objetos, una vulnerabilidad informática puede dejar de ser solamente un problema informático.

El verdadero progreso tecnológico no consiste solamente en lograr que las cosas sean cada vez más inteligentes, sino en conseguir que esa inteligencia esté verdaderamente al servicio de las personas.

No necesitamos menos tecnología. Necesitamos más responsabilidad sobre la tecnología que construimos.