Me sucedió algo terrible. Me levanté a la mañana, agarré el teléfono y no tenía internet. Ni por wifi, que casi siempre pasa, ni con mis datos móviles. No le di importancia. Comencé mi ritual de todas las mañanas, me bañe, me vestí y volví a por mi teléfono. Nada, sin internet.
Lo primero que hice fue intentar llamar a mi proveedor de internet. Nada, no tenía todo. Reinicié router y el teléfono, que es lo que siempre hay que hacer. Listo, me dije, será una mañana complicada. Les recuerdo que trabajo en TI, así que no tener Internet garantiza que ese día sería terrible.
Como me levanto muy temprano y no tenía forma de leer los diarios, entonces prendí la tele. Nada, pantalla negra. Claro, mi servicio de clave es por fibra. Nada de netflix, nada de plataformas.
Al principio pensé que se trata de una falla temporal. Algo que seguramente se resolvería en unas horas. Me fui a la oficina. El GPS mostraba un puntito en la pantalla, pero no cargaba los mapas.
De seguro que rompió el vínculo en las toninas y así estamos todos, pero no tenia forma de saber qué pasaba.
Bueno, de pronto estaba en una nave espacial, o en el campo, porque inmediatamente sonó el despertador y todo había sido un sueño. Pero está claro que me dejó pensando: ¿Y si mañana se desconectara Internet para siempre?
¿Imposible? No tanto. No voy a citar a Skynet y Terminator, porque eso es ciencia ficción. Una tormenta solar de magnitudes extraordinarias podría afectar gravemente las redes eléctricas y de comunicaciones, quemar transformadores y aparatos. Un ciberataque coordinado contra infraestructura crítica, la destrucción de importantes enlaces internacionales o una combinación de fallas tecnológicas también podrían provocar interrupciones de enorme alcance, o como dijo Seba, la IA atacando y haciendo inutil el acceso a la red. Esta semana vivimos un ataque crítico a los servidores PHP usando IA. ¿Por qué no puede pasar algo un poco más grande?
Seguramente, como civilización del siglo XXI, debemos (yo no, pero alguien si) tener planes de contingencia para volver a crear una internet paralela y darnos nuevamente acceso a la vida, porque últimamente parece que sin Internet no vivimos, verdad?
Ahora, les propongo que hagamos el ejercicio de imaginar que, por alguna razón, no podemos volver a conectarnos.
- ¿Y whatsapp? ¿Estarán bien mis seres queridos?
- ¿Y las noticias? ¿Qué está pasando realmente?
- Te hago una transferencia! Ah no, perdón, no tengo internet.
Seguramente nos preocuparíamos por las comunicaciones, el dinero, los servicios y nuestra actividad laboral. Las consecuencias económicas y sociales serían enormes.
Pero después de superar las primeras preocupaciones, pasados los primeros días, aparecería un problema que quizás nunca nos habíamos planteado y que vengo escribiendo desde hace tiempo: ¿Qué sucedería con todo ese conocimiento que creemos tener a nuestra disposición? Porque durante las últimas décadas nos acostumbramos a una idea extraordinariamente cómoda: no necesitamos saberlo todo, porque podemos consultarlo cuando queramos. Poco a poco fuimos perdiendo la capacidad de investigar, de aprender, de acumular conocimiento. Hoy es efímero, dura lo que dura la duda y nada más:
- tengo una duda
- le pregunto a Google, o a la IA
- me responde: copio y pego la respuesta
- me olvido.
Y entonces me pregunto: ¿cuánto de todo eso que consultamos diariamente realmente aprendimos? ¿Cuánto quedó incorporado a nuestros conocimientos y cuánto simplemente pasó por nuestra pantalla? No estoy hablando de memorizar la capital de un país (aunque deberíamos), una fecha histórica o una fórmula matemática. Eso sería reducir el problema a una cuestión de memoria. Estoy hablando de algo bastante más profundo: nuestra capacidad de comprender, relacionar conocimientos y resolver problemas sin que alguien, o algo, nos diga permanentemente cómo hacerlo.
Tal vez mañana Internet siga funcionando, y pasado mañana también. Tal vez nunca tengamos que enfrentarnos a una desconexión definitiva. Pero eso no cambia la pregunta que me dejó aquel sueño: ¿Cuánto de lo que creemos saber seguiría estando con nosotros si mañana perdiéramos la posibilidad de consultarlo?
Porque el verdadero problema no sería quedarnos sin acceso al conocimiento, sino descubrir que, mientras lo tuvimos al alcance de la mano, nos olvidamos de adquirirlo.

